20 de agosto de 2012

Un parque con personalidad


A Lina le apetecía estar sola. Pasear por los acogedores rincones tan conocidos; recordar y saborear los momentos una vez vividos.
Acabó en el parque, en el antiguo de los dos que habían en ese pueblecito francés. Se columpió un rato, desafiando con elegancia el fuerte viento de esa tarde de septiembre; después, despeinada y con el vestido arrugado, se sentó bajo el techo de la casita del tobogán. Allí se había refugiado con él varias veces, de la lluvia o de miradas indiscretas. Ahora estaba sola, y nunca volvería con él. Sacudió la cabeza; no quería volver a esos pensamientos. No, esa tarde no.
Fijó la mirada en las paredes de colores. Estaban todas escritas.
Se preguntó si Ester y Luna aún eran mejores amigas; si María y Arnau aún se amaban; si el correo electrónico escrito en rojo aún lo leía alguien. Se preguntó si era tonta por leer "tonto quien lo lea". Sonrió.
No eran bonitos, todos esos escritos, pero le daban personalidad e historia al parque.
Decidió aportar algo ella también. Nunca antes había pintado un edificio público. Hizo una excepción.
Entonces se puso a escribir. Empezó por las escaleras de madera, continuó por la casita y acabó bajando y escribiendo por el tobogán.
Cuando acabó, releyó la historia, satisfecha.
La había escrito en italiano; si alguien estaba interesado en leerla, tendría que apañárselas.